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Lumara
La historia de Lila y la flor que guarda los nombres verdaderos
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Capítulo 1: El farolito y el primer destello
(The Little Lamp and the First Spark of Light)
—Buenas noches, farolito —dijo Lila.
Tocó el cristalito tibio con la punta del dedo. La llamita color miel se inclinó hacia su mano. Lila pensó que siempre se inclinaba hacia ella, como una gallinita que conoce a su dueña.
—Conejito —susurró—. Esta noche hace un olor raro. ¿Tú lo hueles?
Conejito no contestó. Conejito nunca contestaba. Pero Lila se daba cuenta perfectamente cuando estaba escuchando con atención y cuando no, y esta noche Conejito estaba escuchándolo todo.
—Sí, ¿verdad? Como a flor. Como a flor que todavía no conocemos.
Lila tenía seis años y medio. La abuela le había regalado el farolito el día que cumplió seis. Para que la noche no se te ponga muy oscura, mi vida. Lila había prendido el farolito ciento ochenta y tres noches, una por una, y nunca le había pasado nada raro.
Hasta esta noche.
—Espera —dijo Lila, y se quedó muy quieta sobre la cama—. Conejito, ¿viste eso?
La llamita color miel acababa de temblar. No como tiembla una llama cuando hay viento, porque la ventana estaba cerrada. Tembló como tiembla una persona cuando se va a reír y no quiere reírse todavía.
—¿Qué te pasa, llamita? —preguntó Lila.
La llama se hizo más alta. Después más dorada. Después — Lila se sentó muy derecha, agarró a Conejito por las orejas, y se quedó con la boca entreabierta — la llama se partió.
—¡Ay!
No se rompió. Se partió como se parte una mandarina en gajitos. Cien gajitos de luz, cada uno del tamaño de una semilla de manzana. Cien destellitos chiquititos, temblando con su propia luz.
—¿Y ustedes quiénes son? —dijo Lila, bajito.
Los cien destellos se quedaron quietos un momento. Como si la hubieran oído. Como si estuvieran pensando algo.
Después, uno por uno, comenzaron a flotar hacia la ventana.
Lila se bajó de la cama sin hacer ruido. Apretó a Conejito contra el pecho.
—Conejito, no podemos quedarnos aquí. Tenemos que ir a ver.
Buscó las pantuflas de conejito (las suyas, no las de Conejito-conejo, que no tenía pantuflas porque era un peluche). Se las puso. Caminó de puntillas hasta la ventana.
—Mamá —susurró hacia la puerta cerrada del cuarto de su mamá—, mamá, no te despiertes todavía. No es nada malo.
Mamá no se despertó. La abuela tampoco. La casa entera seguía dormida. Solamente Lila y los cien destellos estaban despiertos.
Capítulo 2: El río de cristal
(The Crystal River)
—Conejito —dijo Lila, sentada en la cama con las piernas cruzadas—. Ya me lavé los dientes. Ya me puse los calcetines tibios. ¿Tú estás listo?
Conejito esperaba en su falda.
—Yo sí estoy lista. Yo estoy muy lista.
Eran apenas las ocho y media. Lila había cenado más rápido que de costumbre. Su mamá la había mirado un poquito raro pero no le había dicho nada — su mamá sabía cuándo Lila tenía algo en el pecho, y sabía también cuándo no había que preguntar.
Lila se acercó al farolito. La llamita color miel se inclinó hacia su mano, igualito que la noche pasada.
Pero esta vez había algo más adentro del cristalito.
—Hola, amiga —susurró Lila.
Justo al lado de la llama, flotaba el destellito dorado de la luciérnaga. Parpadeó al verla. Plip.
—¿Tú me extrañaste? Yo a ti sí.
Plip-plip.
—Bueno —dijo Lila, respirando hondo—. Vamos a ver a quién conocemos hoy.
Tocó el cristalito con la puntita del dedo.
La llamita ni siquiera tembló esta vez. Se hizo dorada enseguida. Se partió enseguida. Cien destellitos, igual que la noche pasada, flotando hacia la ventana.
Lila ya sabía qué hacer. Pantuflas. Conejito. Ventana. Puerta de luz de luna entre las dos estrellas.
—Esperen, esperen —les pidió a los destellos, riéndose un poquito—. ¡Conejito y yo no vamos tan rápido como ustedes!
Los destellos esperaron. Lila pasó.
Esta vez el pie de Lila aterrizó en otro lado del valle.
—Conejito —susurró—, mira. Aquí no estuvimos ayer.
No era el primer pasto-prendido donde había conocido a la luciérnaga. Era un camino que bajaba. Las florchispas seguían creciendo entre el pasto, pero ahora había también piedras grandes a los lados — piedras suaves, color rosado pálido, como si tuvieran luz de mañana guardada adentro.
—Ay, piedras —dijo Lila, tocando una al pasar. Estaba tibia. Igual que el cristalito del farolito en su casa—. Hola, piedra rosada.
La piedra no contestó. Pero Lila pensó que en Lumara hasta las piedras escuchaban.
El camino bajaba un poquito más. Y entonces Lila oyó algo.
Se quedó muy quieta.
—Conejito —susurró—. ¿Tú oyes lo que yo oigo?
Eran campanitas. Chiquititas. Muchísimas. Sonando todas al mismo tiempo, como una iglesia llena de campanitas-bebé.
Lila apuró el paso — sin correr, porque en Lumara nadie corre, eso ella ya lo sabía — y dobló detrás de la última piedra rosada.
Capítulo 3: El colibrí que canta colores
(The Hummingbird Who Sings Colors)
—Conejito —dijo Lila, contando con los dedos—. La luciérnaga. El pez. Esos son dos.
Conejito esperaba.
—Si esta noche conocemos a alguien, vamos a ser tres. Tres. Es un número precioso. Tres como el triciclo de Ramoncito. Tres como las hojitas del trébol.
Miró el farolito. Los dos destellos amigos — el dorado y el blanco-azul — flotaban juntitos al lado de la llama.
—Buenas noches, lucecitas —les dijo Lila.
Plip-plop, plip-plop. Las dos pulsaron al mismo tiempo. Buenas noches, Lila.
Que los destellos LA saludaran ya, sin que ella los saludara primero — ay. Eso fue una de las cosas más bonitas que le habían pasado a Lila en su vida.
Se quedó callada un momento. Porque a las cosas bonitas a veces no se les contesta enseguida. Hay que dejarlas asentarse.
Después tocó el cristalito.
—Vamos.
Esta noche, los destellos la llevaron hacia arriba.
—Conejito —susurró Lila al pasar por el río de cristal—. Mira. Mira. Es nuestro amigo.
El pez de luz había salido a la superficie. Cuando vio a Lila pasar, hizo una pirueta entera. Te acuerdas, te acuerdas, te acuerdas.
—Yo me acuerdo. Buenas noches, pez —le dijo Lila al pasar. Y siguió, porque los destellos no se detenían.
El camino subía. Y subía. Las florchispas a sus pies eran cada vez más densas, como si todo el suelo fuera una alfombra de luz.
Cuando llegó arriba, Lila se paró seca.
—Conejito.
Conejito quedó atento.
—Conejito, esta pradera... respira.
Era verdad. Lila se quedó mirando. Delante de ella se abría una pradera entera de florchispas — pero estas no eran chiquitas como las del primer día. Estas eran altas. Del tamaño de un tulipán. Del tamaño del puño de Lila. Y se movían apenas, todas juntas, hacia adentro y hacia afuera, una vez cada respiración.
—Mira, Conejito. Adentro... afuera... adentro... afuera. La pradera entera respira como nosotros.
Lila respiró con la pradera. Una vez. Dos. Tres.
Y entró.
Estaba a la mitad de la pradera cuando lo oyó.
No fue con los ojos primero. Fue con los oídos. Una nota. Una sola nota muy alta, muy chiquita, que duró menos de un latido.
Y de color rojo.
Lila parpadeó. Las notas no tenían color en su mundo, ella estaba segura.
Capítulo 4: El caracol con galaxia adentro
(The Snail with a Galaxy Inside)
—Conejito —dijo Lila, parada sobre la cama con las pantuflas ya puestas—. Hoy yo no tengo miedo. Hoy yo soy una experta.
Conejito, en su brazo izquierdo, no le dijo nada. Pero no le dijo no.
—Tenemos a la luciérnaga. Al pez. Al colibrí. Tres amigos ya. Hoy van a ser cuatro. Yo siento que hoy van a ser cuatro.
Tocó el cristalito sin esperar más.
La llamita se partió, los destellos volaron hacia la ventana, y Lila pasó por la puerta de luz de luna con tanta confianza que casi se le olvidó decirle adiós a las dos estrellas que la sostenían abierta.
—Perdón, estrellas —les dijo, ya casi del otro lado—. Hasta luego.
Esta vez los destellos la llevaron a un sitio raro.
Lila aterrizó, miró alrededor, y se quedó parada.
—Conejito —susurró—. Aquí no hay pradera. Aquí no hay río. Aquí hay... piedras.
Eran rocas grandes y planas, color piedra de playa, tibias como cobijas-de-sol. Tenían musguito verde-oro creciendo en las grietas. Florchispas crecían también, pero estas eran enanitas, casi pegadas al suelo, como si estuvieran cuidando algo callado.
—Es un jardín de piedras —dijo Lila, dándose cuenta—. Un jardín de piedras. Qué raro. ¿A quién íbamos a conocer aquí?
Se sentó en la roca más grande. Conejito en la falda.
Esperó.
Pasó un ratito.
Lila miró a las florchispas enanitas. Las florchispas miraron a Lila. Ninguna pulsó.
—Conejito —susurró Lila, con el ceño un poquito fruncido—. Aquí no se mueve nada.
Esperó más.
Una hormiguita pasó por la roca, le tocó el pie con una antenita, siguió de largo. Eso fue lo único que pasó en mucho rato.
—Esto no me gusta —dijo Lila finalmente—. Conejito, ¿será que hoy no me toca conocer a nadie? ¿Será que el valle hoy quiere descansar?
Estuvo a punto de pararse. Estuvo a punto de pedirle a los destellos que la llevaran a otro lado.
Y entonces — porque a veces así son las cosas más bonitas, llegan apenas cuando uno ya iba a rendirse — algo se movió.
Muy chiquitito. Muy despacio.
Lila se inclinó.
En el borde de la roca, donde el musguito brillaba más verde, salía algo.
Primero una antenita.
Después otra.
Después una concha — del tamaño de la uña del pulgar de Lila.
—Conejito —susurró Lila tan bajito que el viento casi no se enteró—.
Capítulo 5: El zorrito de plata
(The Little Silver Fox)
—Conejito —dijo Lila, asomada a la repisa antes de prender la llama—. Mira los amigos.
Cuatro destellos vivían ya en el farolito. El dorado de la luciérnaga. El blanco-azul del pez. El multicolor del colibrí. El frambuesa con polvo de planetas del caracol. Todos juntos dando vueltas suavecitas alrededor de la llamita color miel.
—El farolito tiene más corazón hoy —dijo Lila—. ¿Tú lo ves?
Conejito lo veía.
Lila se asomó por la ventana. La noche estaba fresca y el cielo tenía exactamente las mismas estrellas de las noches pasadas, ni una más, ni una menos.
—Lumara —susurró Lila hacia las dos estrellas que sostenían la puerta—. Hoy yo ya sé el saludo. Hoy ya sé lo que hay que hacer.
Y por un instante chiquito, le pareció que la noche entera, del otro lado de la ventana, también le sonreía.
—Vamos, Conejito.
Tocó el cristalito.
Los destellos la llevaron por un camino nuevo. Entre árboles.
—Conejito —susurró Lila al meterse entre los troncos—. Mira las hojas.
Las hojas de los árboles eran de plata. Finitas como cuchillitos, color plata pulida. Cada vez que el viento las movía hacían un sonido suavecito.
—Conejito.
Lila se quedó parada.
—Conejito, ¿tú oíste eso? Los árboles... los árboles se ríen.
Era verdad. El sonido de las hojas-de-plata era exactamente igual a una risita de niñas chiquitas, contenida, conteniéndose, casi escapando.
—Hola, árboles —dijo Lila, sonriendo—. Yo no me río de ustedes. Ustedes ríanse si quieren.
Los árboles se rieron un poquito más, contentos.
Lila siguió caminando. Conejito en el brazo. Las florchispas brillaban entre las raíces, también de plata esta noche, y formaban un caminito que Lila tenía que seguir.
Y entonces — zaaas.
Lila se paró seca.
Algo le había pasado por delante. Una sombra rápida, color plata-azul. Lila apenas alcanzó a ver una colita esponjosa que desaparecía detrás de un árbol.
—Conejito —susurró—. ¿Tú viste? Algo se movió.
Esperó.
—¿Hola? —dijo bajito.
Silencio. Después — otra vez. Zaaas. La misma sombra, de un árbol al siguiente. Después una nariz puntiaguda saliendo por detrás de un tronco, mirándola, escondiéndose otra vez.
—Conejito —susurró Lila con los ojos abiertos enteros enteros—. Es un zorrito.
Capítulo 6: La mariposa que pinta el aire
(The Butterfly That Paints the Air)
—Conejito —dijo Lila, sentada en la cama abrazando las dos rodillas—. Hoy hace seis noches que vamos a Lumara.
Conejito esperó.
—Seis. Yo conté: la luciérnaga, el pez, el colibrí, el caracol, el zorrito. Cinco amigos. Hoy va a ser el sexto.
Miró el farolito. Los cinco destellos giraban suavemente alrededor de la llama. El quinto — el del zorrito, plateado con dorado — siempre giraba un poquito más rápido que los otros. Como si tuviera ganas de jugar.
—Bueno —dijo Lila—. Vamos.
Tocó el cristalito.
Esta vez los destellos la llevaron muy alto.
—Conejito —jadeó Lila al pasar por el río de cristal—. ¡Hola, pez!
El pez le hizo una pirueta entera al verla pasar.
—Hola, colibríes —les dijo a los colibríes de la pradera (esta noche había varios; el colibrí de la noche pasada le hizo una nota rosada al pasar, una nota exactamente igual a la que le había salido a Lila la primera vez).
—Hola, caracol —dijo, asomándose un instante al jardín de piedras. El caracol asomó una antenita. Despacio.
—Hola, zorrito —susurró al cruzar los árboles plateados. El zorrito apareció por un segundo, le rozó las pantuflas con la colita, dijo amiga, y se fue.
Lila apretó a Conejito, contentísima.
—Conejito —susurró—. Es como visitar a la familia.
Y siguió subiendo. Subiendo. Subiendo.
Hasta que el camino llegó a un puente.
Lila se paró seca.
El puente era largo. De piedra clara. Finito. Sin baranda.
Y debajo no había suelo.
—Conejito —susurró Lila, asomándose con muchísimo cuidado—. Mira para abajo.
Lo miró.
Cerró los ojos. Los abrió. Los volvió a cerrar.
—Conejito. Para abajo... para abajo también hay estrellas.
Era verdad. Debajo del puente no había tierra, no había hierba, no había nada. Había cielo. Estrellas para abajo. Estrellas para arriba. Y el puente, finito, blanquito, en medio.
—Es una grieta. Una grieta de cielo.
A Lila le sudaron un poquito las manos.
—Conejito... yo creo que esto está muy alto. Yo creo que yo no...
Y entonces — Lila no se lo iba a admitir a nadie nunca, pero le pareció que Conejito le susurró al oído, despacito, dos palabras —
Capítulo 7: La lechuza y el silencio
(The Owl and the Silence)
—Conejito —dijo Lila, casi saltando hacia el farolito—. Seis amigos ya. Hoy van a ser siete. Mañana ocho. Y así hasta el último día.
Conejito esperó.
—Yo creo que Lumara me está enseñando cosas. ¿Tú no? Cada criatura una cosa distinta. Hoy seguro me enseña algo más.
Tocó el cristalito.
La llama se partió. Los seis destellos del farolito — los seis — esta vez se levantaron también, todos juntos, y formaron un círculo dorado-blanco-multicolor-frambuesa-plateado-arcoíris alrededor de la cabeza de Lila.
—¡Ay!
Los seis destellos pulsaron una vez. Vamos contigo.
—Bueno —dijo Lila, riéndose—. Pero no me hagan cosquillas.
Y pasó por la puerta de luz de luna con los seis amigos siguiéndola.
Esta vez los destellos la llevaron a un sitio que Lila no había visto.
—Conejito —susurró—. Mira.
Era un bosque. Pero no un bosque cualquiera. Un bosque viejo. Más viejo, le pareció a Lila, que su abuela. Más viejo que el farolito. Más viejo que su casa entera.
Los árboles eran enormes. Oscuros. Tenían cortezas que parecían tener formas de caras dormidas. Las florchispas crecían escondiditas entre las raíces — chiquitas, apenas se las veía.
—Conejito —susurró Lila, parándose en el medio—. Este bosque es muy callado.
Esperó.
—Hola —dijo. Con su voz normal.
Nadie le contestó.
—¿Hay alguien? —dijo, un poquito más alto.
Y entonces — oyó algo.
Arriba. En la rama más alta del árbol más grande, algo se movió.
Lila miró para arriba.
Era una lechuza.
Grande. Pero grande de verdad. Con plumas color luna llena y dos ojos enormes color ámbar. La lechuza la miraba.
No parpadeaba.
Lila tragó saliva.
—Conejito —susurró sin mirar para abajo—. No mires con miedo. No mires con miedo. Es una lechuza.
—Hola, lechuza —dijo Lila. Suavecito esta vez. Casi le falló la voz.
Plop. Un pétalo de una florchispa entre las raíces se encendió. Era tan chiquito que Lila apenas lo vio.
—Hello, owl.
Plop. Segundo pétalo.
Lila se quedó callada. Esperaba que pasara lo de siempre: el tercer pétalo encendiéndose con el silencio.
Pero no pasó.
Capítulo 8: El ciervo con velas en los cuernos
(The Deer with Candles in Its Antlers)
Antes de prender el farolito, esa noche, su abuela pasó al cuarto.
—Mi vida —dijo la abuela, parada en la puerta—. Vine a darte un besito de buenas noches.
—Hola, abuela.
La abuela se acercó a la cama. Le pasó la mano por el pelo a Lila. Y entonces — Lila lo vio, lo vio enseguida — la abuela giró la cabeza hacia el farolito de la repisa.
Se quedó mirándolo un momento.
Siete destellos giraban suavemente alrededor de la llama.
—Mi vida —dijo la abuela, despacio—. El farolito está distinto.
A Lila se le hizo un nudito chiquito en el pecho. Pero no era un nudito malo. Era un nudito de ay, me descubrieron. Y también de me alegra que me descubrieran.
—Sí, abuela.
—¿Qué tiene?
Lila pensó cómo decirlo. Pensó decir nada — pero era la abuela, y a la abuela no se le mentía. Pensó decir todo — pero no había tiempo para contar todo.
Así que dijo lo más verdadero que se le ocurrió.
—Es porque tengo amigos nuevos, abuela.
La abuela la miró un ratito largo. No le preguntó qué amigos. No le preguntó dónde. No le preguntó cómo.
Solamente le dio un beso en la frente, muy suavecito, y le susurró al oído:
—Cuídalos, mi vida.
Y se fue.
—Conejito —susurró Lila cuando la puerta se cerró—. ¿Tú crees que abuela sabe?
Conejito esperó.
—Yo creo que sí. Yo creo que las abuelas siempre saben más de lo que dicen. Esa es su superpotencia.
Tocó el cristalito.
Esta vez los destellos la llevaron muy lejos.
Subieron por encima del bosque viejo de la lechuza (la lechuza estaba en su rama, parpadeó una sola vez, despacio).
Subieron por encima de las nubes.
—Conejito —dijo Lila al pasar — Yo nunca había estado encima de las nubes.
Las nubes vistas desde arriba eran como almohadas blancas, suavecitas. Algunas eran chiquitas. Otras eran gigantes. Una tenía forma de elefante. Otra tenía forma de barco.
—Mira la nube barco. Mira. ¡Conejito, hay nubes con forma!
Y todavía subieron más, hasta una pradera altísima. Más alta que el cielo de su casa. Más alta que nada.
Aquí las florchispas eran distintas. Eran más altas que Lila. Sus pétalos rozaban el aire como abanicos plateados, y entre las flores había una de plata también, que se quedaba en los tobillos como si tuviera ganas de jugar.
Capítulo 9: La niña con la flor en el pelo
(The Girl with the Flower in Her Hair)
—Conejito —dijo Lila, asomada al farolito—. Dos llamitas. Ocho destellos. Mira lo que somos.
El cuarto entero olía suavemente a miel y a noche de verano. La luz que salía del farolito era tibia, dorada, como la luz que sale de una ventana cuando uno camina por la calle y ve a una familia adentro cenando.
Lila se sentó en la repisa con Conejito.
Se quedó mirando hacia la puerta entre las dos estrellas.
—Conejito —susurró—. Hoy yo siento algo distinto. Yo siento... yo siento que hoy va a ser distinto. ¿Tú lo sientes?
Una vocecita le contestó adentro del pecho. No con palabras. Pero clarito: hoy vas a conocer a alguien especial.
—¿A quién? —le preguntó Lila a la vocecita.
La vocecita no contestó. Pero Lila supo, sin que le contestara, que iba a ser alguien que ella iba a querer mucho.
—Bueno —susurró Lila—. Vamos.
Tocó el cristalito.
Los destellos la llevaron a un claro.
Un claro chiquito, redondo, en medio de un bosquecito de árboles plateados — parecidos a los del zorrito, pero más jovencitos, como árboles niños.
—Conejito —susurró Lila—. Este bosque es bebé. Los árboles tienen mi edad.
En el centro del claro había un árbol distinto: con la corteza color leche, con las ramas cayendo suavecito como el pelo de una mamá. Las hojas eran luminosas. Florchispas grandes crecían a sus pies, formando un círculo casi perfecto.
Y en el círculo, sentada en el pasto con las piernas cruzadas, había una niña.
Lila se paró seca.
—Conejito.
Se quedó sin aire.
—Conejito. Conejito. Hay una NIÑA. ¿Tú la ves?
La niña era de su edad. Quizás un poquito más grande. Tenía el pelo largo, color noche, atado en una trenza que le caía por la espalda. Llevaba un vestidito blanco-plata, sencillo, callado. Estaba descalza.
Y en la trenza — Lila lo vio enseguida — la niña llevaba una florchispa entera viva, metida en el pelo, latiendo despacito.
La niña estaba dibujando con un dedo en el suelo, en el polvo plateado. Cuando oyó pasos, levantó la cabeza.
Vio a Lila.
Sonrió.
—Llegaste —dijo. Como si la hubiera estado esperando toda la noche.
—¿Tú... me esperabas? —preguntó Lila.
—Llevo nueve noches esperándote —dijo la niña. Y se rio.
La risa fue como agua sobre piedritas. Exactamente igual al nombre verdadero del pez de luz, pero versión niña.
Capítulo 10: El árbol de los nombres
(The Tree of Names)
A la décima noche, Lila no prendió el farolito enseguida.
Se quedó sentada en la cama con Conejito, mirándolo.
—Conejito —susurró—. Mira.
Nueve destellos amigos. Una llamita color miel. Una llamita-velita del ciervo. Once luces juntitas en una repisa de madera vieja. Quien hubiera mirado por la ventana habría dicho que ahí adentro vivía una constelación pequeñita.
—Conejito —dijo Lila, y se le quebró la voz un poquitito—. Hoy es la última noche.
Lo dijo en voz alta para que fuera más verdad.
Y se le pusieron, sin querer, dos lágrimas en los ojos.
—Conejito —susurró, las dos lágrimas resbalándole por la nariz—. No son lágrimas tristes. Son... son lágrimas dobles. Tristes y alegres a la vez.
Como cuando dos cosas verdaderas no se pelean — se acompañan.
Lila respiró hondo. Se secó la nariz con la manga del pijama. Tomó a Conejito firmemente.
—Vamos.
Y prendió la llama.
Aurelia la estaba esperando del otro lado de la puerta de luz de luna. Con los pies descalzos en el pasto. Con la florchispa viva en la trenza, latiendo despacio.
Las dos se dieron la mano sin decirse nada.
Empezaron a caminar.
Pasaron por todos los lugares.
Por el primer pasto-prendido. La luciérnaga estaba ahí, sobre la misma hierbita. Parpadeó tres veces despacito al ver a Lila. Te acuerdas, sí, te acuerdas.
—Yo me acuerdo —le susurró Lila al pasar—. Hasta luego, amiga.
Por el río de cristal. El pez de luz salió a la superficie y les hizo una pirueta entera. Aurelia le sonrió. Tring tring, contestó el río.
Por la pradera del colibrí. Esta vez había cuatro colibríes. Todos cantaron juntos una nota larga, larga, de muchísimos colores, como un arcoíris que se podía oír.
—Adiós, colibríes —susurró Lila.
Por el jardín de piedras del caracol. El caracol asomó las antenitas — las tres galaxias, todas dando vueltas. Despacio.
—Despacio —le contestó Lila, despacio.
Por los árboles plateados del zorrito. El zorrito apareció. Había crecido un poquito esta semana, le pareció a Lila. Caminó al lado de las dos niñas un buen rato, sin decir nada. Cuando llegaron al borde del bosque, las miró a las dos. Y dijo, mirando a Lila:
—Amiga. Hasta mañana.
—Hasta mañana, zorrito.
Por el puente y el jardín flotante. La mariposa estaba esperándolas. Movió las alas. Y dejó en el aire un trazo en forma de Quedó flotando ahí.
Sobre este libro
Escrito como un cuento de buenas noches para niños de 5 a 8 años. Con un lenguaje poético y lleno de diálogo que sigue la tradición de El Principito de Saint-Exupéry y la calidez de las películas de Studio Ghibli. Una historia de ensueño sobre el poder de prestar atención a las pequeñas luces del mundo.
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Lila abrió la ventana.
—Ay.
Era lo único que se podía decir.
Afuera no estaba el patio.
Afuera, donde tenía que estar el limonero de la abuela y la silla rota y las macetas de geranios, no estaba nada de eso. Había, en cambio, un camino.
Un camino hecho de los cien destellos, flotando uno detrás del otro, subiendo despacito por el aire de la noche. El camino subía y subía hasta llegar a un rectángulo de luz de luna que se había abierto entre dos estrellas — un rectángulo que no había estado ahí, Lila estaba segura, segurísima, porque ella se sabía las estrellas de su ventana de memoria. Ese rectángulo era nuevo.
Ese rectángulo era una puerta.
—Conejito —dijo Lila, y la voz le salió un poquito chiquita—. ¿Vamos?
Conejito esperó.
—Si tú no quieres, yo tampoco. Tú primero, ¿bueno?
Conejito esperó otro poco. Lila lo miró a los ojos negros de hilo. Conejito no le dijo no.
—Bueno —dijo Lila—. Pero agárrate fuerte.
Levantó un pie por la ventana. Estiró la otra pierna.
—Destellitos —dijo, ya con las dos piernas afuera y las dos manos apretando a Conejito—. Si no nos quieren llevar, díganlo ahora.
Los cien destellos pulsaron al mismo tiempo. Una sola vez. Plip.
Lila entendió. Era un sí.
Y pasó.
Del otro lado de la puerta de luz de luna no había aire frío. Había aire tibio. Había olor a flor — al mismo olor que Lila había olido en su cuarto un momento antes — pero ahora muchísimo más fuerte, como si toda la noche entera estuviera hecha de ese olor.
Lila bajó los dos pies a algo blandito.
Pasto.
Pero un pasto que no era de su mundo. Era pasto que brillaba.
—¡Conejito! —dijo, y se rio sin querer—. ¡Conejito, el pasto está prendido!
Cada hojita tenía adentro una lucecita verde-suavecita. Como si alguien las hubiera regado con luz en vez de con agua. Lila se agachó. Tocó una.
—Hola, hojita —susurró. La hojita se inclinó hacia su dedo. Igualito que la llama del farolito.
—Conejito, este lugar se parece a mí. Las cosas se inclinan hacia uno aquí. ¿Te diste cuenta?
Conejito se había dado cuenta.
Lila se levantó. Miró alrededor. Estaba en un valle entero, debajo de un cielo color ciruela oscura, con todas las estrellas del mundo y muchas más que ella no conocía.
—¿Cómo te llamas, valle? —preguntó.
Y entonces una voz — no era una voz de afuera, era una voz adentro de su cabeza, callada y suavecita como el aliento de la abuela cuando le contaba cuentos — le dijo: Lumara.
—Lumara —repitió Lila despacito, saboreando la palabra—. Lu-ma-ra. Mira, Conejito. Se llama Lumara.
A los pies del valle, brillando entre el pasto-prendido, crecían cientos de flores chiquitas. Flores de cinco pétalos. Plateadas con un puntito de oro en el corazón.
—¿Y ustedes? —dijo Lila, agachándose otra vez—. ¿Ustedes también tienen nombre?
La voz callada-suavecita le contestó: florchispas.
—Florchispas. Ay, qué nombre más bonito. Flor — chispa. Suena a cuando uno prende un fósforo. ¿Conejito, oíste? Estas son florchispas. Y cada una tiene un destellito guardadito adentro.
Y entonces — sobre una hierba a su lado — algo pequeñito empezó a parpadear.
Plip — plop. Plip — plop.
Lila no se movió.
Era una luciérnaga.
—Hola —susurró—. Hola, hola, hola.
La luciérnaga la miró con sus dos ojitos negros chiquititos. Sus antenitas finitas se movieron una vez. Lila había visto luciérnagas en el patio de su abuela en julio, pero esa luciérnaga había sido una luciérnaga normal. Esta era distinta. Esta la miraba. Como si ella, Lila, fuera la cosa interesante.
—Yo soy Lila —dijo Lila—. Lila, así, Lii-la.
La luciérnaga parpadeó: plip.
—¿Y tú? —preguntó Lila.
Parpadeó otra vez: plip.
Lila pensó. Pensó duro. Conejito esperaba debajo de su brazo. La luciérnaga esperaba sobre su hierba. La voz callada-suavecita estaba callada — esperaba ella también.
Y entonces Lila se acordó de algo que su mamá le había dicho de chiquita.
A veces a la gente hay que saludarla en su propio idioma, mi vida.
Lila no sabía el idioma de las luciérnagas. Lo único que sabía, además del español, era un poquito de inglés.
Probó.
—Hola, luciérnaga —dijo, despacio, con cuidado.
Una florchispa cerca de su rodilla — un pétalo se encendió. Plop. Como cuando uno prende una velita.
—¡Ay! —dijo Lila—. ¡Conejito, mira!
—Hello, firefly —dijo Lila, y se rio un poquito porque su inglés tenía acento.
Plop. Otro pétalo.
—¿Y ahora?
Lila esperó. Miró a la luciérnaga. La luciérnaga la miró. Y Lila — Lila se acordó de su abuela. Su abuela, cuando alguien en la casa estaba triste, no decía nada. Solamente se sentaba al lado y se quedaba ahí. A veces, las cosas que más se quieren decir, se dicen mejor sin palabras.
Lila no dijo nada. Solamente miró. Miró a la luciérnaga con los dos ojos abiertos enteros enteros. La miró como se mira algo que importa.
Plop. Plop. Plop. Los otros tres pétalos. Uno detrás del otro.
La florchispa entera quedó dorada. Como una manzanita chiquita de luz. Latiendo.
La luciérnaga parpadeó largo y profundo — plip-iiiiip — y le regaló a Lila una cosa muy pequeña, muy preciosa. No fue una palabra. Fue como una palabra. Era el sonido de un fósforo prendiéndose mezclado con la palabra amiga.
Era su nombre verdadero.
—Ay —susurró Lila, agarrando el regalo contra el pecho—. Ay, ay, ay. Yo lo guardo. Lo guardo aquí. Para siempre.
La luciérnaga parpadeó: sí.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo Lila despacito—. Ahora sé.
Cuando Lila pasó otra vez por la puerta de luz de luna — Conejito apretado contra el pecho, la pantufla derecha un poquito sucia de pasto-prendido — la puerta se cerró suavecito detrás de ella. Como una mamá cerrando la puerta de un cuarto donde se duerme un bebé.
Lila se metió en la cama.
—Farolito —susurró hacia la repisa.
La llamita color miel ya estaba otra vez entera. Tranquila. Color miel. Como siempre.
Pero a su lado — Lila lo vio enseguida, los ojos enteros enteros — flotaba un destellito nuevo. Dorado. Chiquitito. No había estado ahí antes. Era el nombre verdadero de la luciérnaga, guardadito.
—Buenas noches, amiga —le dijo Lila al destellito.
El destellito parpadeó: sí.
Lila sonrió. Apretó a Conejito. Cerró los ojos.
Antes de dormirse, le habló muy bajito.
—Conejito... mañana en la noche... cuando se prenda el farolito otra vez... vamos a volver.
Conejito no le dijo no.
Palabras que aprendí hoy
(Words I learned today)
| Español | English |
|---|---|
| el farolito | the little lamp |
| un destello | a little spark of light |
| una luciérnaga | a firefly |
| una florchispa | a spark-flower (holds a destello in its heart) |
| el nombre verdadero | the true name |
| hola | hello |
| el valle | the valley |
| mi vida | "my life" (what abuelas call the ones they love) |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
—Ay.
Era lo único que se podía decir.
Era un río.
Un río ancho, ancho. Y el agua — el agua era tan transparente, tan transparente, que Lila podía ver cada piedrita del fondo igualito que si estuvieran en una vitrina de museo.
—Conejito, mira el agua. No, no — mira. Mira las piedras. Las piedras se ven abajo.
Las campanitas eran el río, pasando entre las piedras.
—No es cristal —dijo Lila, agachándose en la orilla—. Pero es como si fuera. Es mejor que cristal. Es agua que decidió ser transparente.
Esa idea fue la más bonita que se le había ocurrido en su vida entera. Se la repitió bajito para no perderla.
—Agua que decidió ser transparente. Agua que decidió ser transparente.
Se sentó en la orilla con Conejito. Las florchispas crecían también ahí, entre las piedritas del borde, y algunas tenían las raíces dentro del agua misma.
—Conejito, mira. Estas florchispas saben nadar.
Y entonces — entre el agua transparentísima, entre dos piedras del fondo — Lila vio algo moverse.
Era un pez.
Pero un pez de Lumara.
Chiquito como su dedo meñique. Entero hecho de luz blanca-azul, como si alguien hubiera tomado un rayo de luna y le hubiera puesto colita y aletas. Iba contra la corriente, despacio, paciente. Se detenía en cada piedrita del fondo como si la saludara antes de seguir.
—Ay, Conejito —susurró Lila, agachándose más—. Es un pez de luz. Un pez todo hecho de luz blanca-azul.
Lila inclinó la cara hasta casi tocar el agua. Conejito quedó colgando peligrosamente — Lila tuvo que agarrarlo con la otra mano.
—Hola, pez —dijo, con cuidado. Bajito. Para no asustarlo.
Plop. Un pétalo de una florchispa cerca de su rodilla se encendió.
—Hello, fish —dijo Lila.
Plop. Segundo pétalo.
—Conejito, ya van dos. Falta una.
Lila se quedó callada. Hizo lo que había hecho con la luciérnaga la noche pasada: miró al pez con los dos ojos abiertos enteros enteros. Escuchó el agua-campanita. Sintió a Conejito tibio bajo su mano.
Esperó.
Esperó.
Esperó más.
Nada.
—Conejito —susurró Lila, frunciendo el ceño—. Esto no me está saliendo. ¿Yo hice algo mal?
El pez de luz no se acercaba. Estaba en el medio del río, en su mundo de agua y campanitas. Lila estaba en la orilla, en su mundo de pasto y silencio.
Y Lila entendió.
—Ay —dijo, despacito—. Ay, Conejito. Yo le dije hola desde aquí. Pero él no vive aquí. Él vive allá.
Miró el agua.
Miró sus pantuflas.
Miró al pez.
—Conejito —dijo, ya parándose—. Yo me voy a meter al agua.
Conejito quedó muy serio.
—Sí. Ya sé. Pero es que el pez vive allá. Si yo lo quiero saludar de verdad, yo tengo que ir a donde él vive. Mi mamá me dijo eso una vez, ¿te acuerdas? Cuando uno quiere conocer a alguien de verdad, mi vida, hay que ir a su casa.
Lila se quitó las pantuflas. Las puso al lado de Conejito en la piedra rosada.
—Tú aquí, ¿bueno? Tus pantuflitas se mojan si te vienes.
Conejito esperó en la orilla.
Lila metió un pie en el agua. Después el otro.
—¡Conejito, el agua está tibia! Tibia tibia. Como manos.
El pez de luz se dio la vuelta enseguida. Lila no se movió. Esperó. El pez se acercó — despacito, despacito — y le nadó alrededor de un tobillo. Después del otro. Dejando una vuelta de luz blanca-azul alrededor de cada pie de Lila, como si le estuviera atando algo invisible.
Plop. Tercer pétalo en la florchispa de la orilla.
—Vine a tu mundo —le dijo Lila al pez. No en voz alta. Adentro nomás, en el pecho.
El pez se quedó delante de ella un momento. La miró. Lila lo miró desde arriba. Y por una respiración larguísima, larguísima, Lila se sintió mitad niña y mitad pez de luz.
Plop. Cuarto pétalo.
—¿Tú vives así todo el tiempo? —le preguntó Lila al pez—. ¿En el agua-cristal? ¿Con las campanitas todo el rato?
El pez hizo una vueltita chiquita. Sí.
—Yo creo que sí vives así. Y se ve muy lindo. Yo no podía imaginármelo de afuera, ¿sabes?
Plop. Quinto pétalo.
La florchispa de la orilla quedó dorada entera, latiendo.
Y el pez de luz le dio a Lila su nombre verdadero.
Esta vez no fue el sonido de un fósforo prendiéndose. Esta vez fue el sonido del agua pasando muy despacio entre piedras pequeñitas — tring tring — mezclado con la palabra gracias.
Lila lo sostuvo en el pecho, justo al lado del nombre de la luciérnaga.
—Ay, pez —susurró—. Yo guardo este también. Ahora ya tengo dos.
El pez hizo una pirueta en el agua. Sí, sí, sí.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo Lila despacito.
Otra pirueta. Más feliz todavía.
Cuando Lila volvió por la puerta de luz de luna, tenía los pies un poquito húmedos. Apretó a Conejito (que la perdonó por dejarlo en la orilla — Conejito era muy comprensivo).
Se metió en la cama. Miró el farolito.
Dos destellos flotaban ahora junto a la llama. El dorado de la luciérnaga, parpadeándole hola a Lila. Y uno nuevo, blanco-azul, fresco como una campanita.
—Buenas noches, amigas —les dijo Lila a las dos.
Las dos pulsaron juntas. Buenas noches, Lila.
Lila apretó a Conejito contra el pecho.
—Conejito —susurró, ya casi dormida—. Mañana vamos a ser tres.
Conejito no le dijo no.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| el río | the river |
| el agua | the water |
| un pez de luz | a light-fish |
| transparente | transparent / see-through |
| una piedra | a stone |
| una orilla | a riverbank |
| una pirueta | a little twirl |
| gracias | thank you |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
—Conejito —susurró sin moverse—. ¿Tú oíste eso?
Otra nota. Esta amarilla, como mantequilla.
—¡Conejito!
Otra. Azul oscuro como ciruela.
—¡CONEJITO! ¿TÚ ESTÁS VIENDO LAS NOTAS?
Lila no podía creer lo que le pasaba en las orejas. Las notas no eran como las notas de la radio. Estas notas tenían color. Lila las veía con los oídos. O las oía con los ojos. No sabía cómo decirlo.
—En Lumara las notas tienen color, Conejito. ¿Cómo es posible?
Y entonces lo vio.
A unos pocos pasos de ella, en una florchispa grande, había un colibrí.
—Ay, ay, ay —susurró Lila, agachándose—. Conejito, mira. Es más chiquito que una mariposa grande.
El colibrí tenía el plumaje verde y morado y dorado todo al mismo tiempo. Sus alitas se movían tan rápido que casi no se veían. Tenía el piquito largo metido en el corazón de una florchispa, bebiendo. La florchispa brillaba un poquito más cada vez que el colibrí bebía, como si le diera las gracias.
Pero no eran las alas las que cantaban colores.
Era la garganta.
Cada vez que el colibrí abría el piquito chiquitito, le salía una nota de color.
—Ay, Conejito —susurró Lila—. Canta colores. Le salen colores de la boca.
Lila estiró el dedo índice. Despacio. Despacio.
—Hola, colibrí —susurró.
Plop. Una florchispa cerca de su pie encendió un pétalo.
—Hello, hummingbird —susurró todavía más bajito.
Plop. Segundo pétalo.
El colibrí terminó de beber. Subió un poquito en el aire. Y vio a Lila.
Lila no se movió.
—Conejito —susurró sin mover los labios casi—. No te muevas. Yo no me voy a mover. Vamos a ser estatuas.
Lila se acordó del pez de luz de la noche pasada. Con el pez había tenido que ir a su mundo — meterse al agua. ¿Y con el colibrí?
—Conejito —susurró—. El colibrí vive en el aire. Vive en ir rápido. Yo no puedo ir rápido. Pero...
Lila se quedó muy quieta. Más quieta que el caracol del jardín de su abuela. Más quieta que el limonero del patio.
—Pero yo puedo ser muy quieta. Tan quieta que el colibrí se sienta seguro. Eso es la otra forma de ir a la velocidad de un colibrí. Quedarse tan quieta que él te alcance.
Plop. Tercer pétalo.
El colibrí flotó. Hizo una nota verde. Lila no respiró.
Y entonces — el colibrí se acercó. Voló hasta el dedo de Lila. Se quedó flotando ahí, frente a la uña, mirándola con dos ojitos negros chiquititos que también veían colores.
—Ay, Conejito —susurró Lila por dentro de los dientes, sin mover la boca casi—. Está aquí. Está aquí.
Y entonces Lila hizo lo más valiente que había hecho en su vida.
Hizo, con la garganta, una sola nota. La más bonita que pudo. Mmm-mmm. Como un mmm de cuando uno come algo rico. Pero más alta. Más alta. Como una pregunta para el colibrí.
Una nota rosada le salió de la boca.
—¡AY!
Lila se tapó la boca con la mano libre. Una nota rosada — rosada como un atardecer, rosada como el helado de fresa de su abuela — había salido de su boca.
—¡CONEJITO! ¡ME SALIÓ UN COLOR DE LA BOCA! ¡ME SALIÓ!
Plop. Cuarto pétalo.
El colibrí le contestó. Otra nota — esta vez dorada como el farolito.
—¡Y a él le sale dorado! ¡Conejito, los dos cantamos colores!
Lila se rio sin querer. Hizo otra nota. Rosado-fuerte esta vez, casi rojo. El colibrí le contestó con una verde-agua. Cantaron juntos un instante chiquitito — pregunta-rosada-respuesta-dorada-pregunta-azul-respuesta-violeta — y la pradera entera de florchispas brilló con ellos.
Plop. Quinto pétalo.
El colibrí le dio a Lila su nombre verdadero.
Esta vez fue una nota sola, muy alta, que duró el tiempo de un latido y dejó un rastrito de todos los colores en el aire detrás de ella.
Lila lo guardó. Era la nota más linda que había oído nunca.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo, todavía con la mano sobre la boca por la sorpresa.
El colibrí le hizo dos piruetas. Subió. Subió. Subió. Hasta que fue una estrellita más en el cielo violeta de Lumara.
—Hasta mañana, colibrí —susurró Lila.
Cuando Lila volvió por la puerta de luz de luna, los tres destellos flotaban ya en el farolito esperándola.
El dorado. El blanco-azul. Y uno nuevo — que no se podía decidir. Era rosado y dorado y verde y azul, todos al mismo tiempo, latiendo entre los colores como si no quisiera renunciar a ninguno.
—Buenas noches, amigas —les dijo Lila a las tres.
—Plip-plop, ting, mmm. —Las tres pulsaron juntas, cada una en su propio sonido.
Lila apretó a Conejito.
—Conejito —susurró—. Yo creo que mañana yo voy a poder hacer otra nota rosada. ¿Tú qué crees?
Conejito no le dijo no.
Y Lila se durmió oyendo todavía la nota rosada, muy bajita, en algún lugar del pecho.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| un colibrí | a hummingbird |
| una pradera | a meadow |
| una nota | a note (musical sound) |
| un color | a color |
| una alita | a little wing |
| el piquito | the tiny beak |
| un latido | a heartbeat |
| rosado | pink |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
Es un caracol.
Lila se acercó tanto que la nariz casi tocó la roca. Miró la concha del caracol. Y se le abrieron los dos ojos enteros enteros.
—Conejito.
Se le había secado la garganta.
—Conejito. Conejito. Mira la concha. Mira lo que tiene adentro.
Adentro de la concha del caracol había una galaxia.
No era pintada. Era de verdad. Lila la veía espiraleando despacio: cientos de estrellas chiquititas, una nebulosa color frambuesa en el centro, polvo de planetas dorados que daban vueltas. Una galaxia entera del tamaño de una uña.
Lila dejó de respirar un momento. Y se acordó de respirar otra vez.
—Caracol —susurró Lila—. Cargas un universo.
—Hola, caracol —dijo, ya con la voz más calmada. Tan bajita que el viento casi no se enteró.
Plop. Un pétalo de una florchispa diminuta se encendió.
—Hello, snail.
Plop. Otro pétalo.
Lila se quedó callada. Miró al caracol. Miró las estrellitas dándole vueltas adentro.
Esperó.
Esperó.
Nada. La florchispa no encendió el tercer pétalo.
Lila frunció el ceño.
—Conejito —susurró—. Otra vez. Otra vez no sale el tres.
Y entonces — Lila se acordó.
El pez le había enseñado: para hablar con el pez, hay que ir al agua.
El colibrí le había enseñado: para hablar con el colibrí, hay que ser estatua.
¿Y el caracol?
—Conejito —dijo Lila, despacito—. El caracol va despacio. Más despacio que cualquier cosa. Más despacio que el caracol del jardín de mi abuela. Yo no puedo apurarlo.
Miró al caracol.
—Yo tengo que ser despacio. Si no soy despacio, no nos vamos a entender. Yo voy a estar ya en mañana cuando él todavía está en hoy.
Lila se acostó boca abajo sobre la roca tibia. Apoyó la barbilla en las dos manos. Conejito de costado, mirando también.
—Caracol, te voy a esperar —le dijo, ya quietita—. Yo no tengo prisa hoy.
El caracol movió una antenita.
Lila no se movió.
El caracol movió la otra.
Lila no se movió.
El caracol avanzó medio milímetro. Lila lo midió con los ojos. Medio milímetro. Lila contuvo la risa, porque la risa se le hubiera escapado y eso no era ser despacio.
Pasó tiempo. No mucho, porque en Lumara el tiempo es distinto, pero un poquito sí. Lila sintió cómo se le iba enfriando la mejilla apoyada en la mano. Sintió cómo Conejito, al lado, también esperaba sin moverse. Sintió las estrellitas dando vueltas dentro de la concha.
—Conejito —susurró sin mover los labios—. Estar quieta no es esperar. Estar quieta es otra cosa. Es estar tan dentro de un momento que el momento deja de tener prisa.
Plop. Tercer pétalo.
El caracol asomó la cabecita un poco más. La miró a Lila con sus dos antenitas. Y Lila vio — vio enseguida — que en cada antena, en la puntita, también había una galaxia. Más chiquita todavía que la de la concha. Dando vueltas.
—Tienes tres galaxias —susurró Lila—. Caracol. Cómo cargas tanta cosa siendo tan chiquito.
Y se quedó pensándolo. Despacito. Como pensaba el caracol.
—Conejito —susurró—. Yo creo que entiendo. Hay cosas chiquitas, chiquitas, que cargan adentro mundos enormes. Por eso van despacio. Porque cargar un mundo entero es pesado, aunque sea bonito.
Plop. Cuarto pétalo.
Lila siguió quieta. Mucho rato. No sabía cuánto. Solamente miraba al caracol y el caracol la miraba a ella y el universo daba vueltas adentro de la concha y nada — nada — tenía prisa.
Plop. Quinto pétalo.
La florchispa diminuta brilló dorada entera, como una semillita de fuego.
Y el caracol le dio a Lila su nombre verdadero.
Esta vez fue el sonido más bajito de todos los nombres. Tan bajito que casi no se podía oír. Era el sonido que hace una hoja seca cuando se da vuelta sola en el suelo. Mezclado con la palabra tiempo.
Lila lo guardó. Pesaba. Pesaba más que el de la luciérnaga, más que el del pez, más que el del colibrí. No porque fuera más grande. Sino porque tenía mundos adentro.
—Pesa más, Conejito —susurró—. Pero pesa bonito. Como una piedra de río en el bolsillo.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo Lila despacito al caracol.
El caracol se metió un poquito en la concha. Después salió otra vez. Sí, amiga.
Lila volvió a su cama caminando lentísima. No quería correr. No quería ir rápido. Quería ser todavía un ratito más, despacio.
—Conejito —susurró al meterse en la cama—. Cuatro destellos.
En el farolito flotaban ya: el dorado de la luciérnaga, el blanco-azul del pez, el multicolor del colibrí, y uno nuevo — chiquitito, color frambuesa con polvo de planetas adentro.
Lila se quedó mirándola un rato largo.
—Buenas noches, caracol —le dijo al destellito nuevo.
—Mmm, contestó el destellito, despacio.
Lila apretó a Conejito y cerró los ojos.
Se durmió sintiendo cómo daba vueltas, despacito, una galaxia chiquitita adentro de su propio pecho.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| un caracol | a snail |
| una concha | a shell |
| una galaxia | a galaxy |
| una antenita | a little antenna |
| el musguito | the little moss |
| despacio | slowly |
| el tiempo | time |
| frambuesa | raspberry (color) |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
Pero un zorrito de Lumara: del color de la luna en invierno. Las orejas en punta. La colita esponjosa con la puntita más brillante de todas. Y los ojos — Lila los vio cuando el zorrito se asomó la tercera vez — eran color miel, igualito que la llama de su farolito.
—Ay —dijo Lila bajito—. Conejito. Es precioso.
—Hola, zorrito —dijo Lila, despacio, como había aprendido. Sin moverse mucho. Sin apurarlo.
Plop. Un pétalo de florchispa se encendió.
—Hello, little fox.
Plop. Segundo pétalo.
Lila se quedó quieta. Esperó.
Plop. Tercer pétalo.
Pero el zorrito no se acercaba. Asomaba la nariz, la escondía. Asomaba un ojo, lo escondía. Era como un juego — un juego con cuidado. Porque los zorritos son curiosos y también son listos, y aprenden por las dos cosas a la vez.
Lila se quedó pensando.
—Conejito —susurró—. ¿Qué le hace falta al zorrito? Yo lo saludé en los dos idiomas. Estoy callada. ¿Qué más?
Conejito esperó.
—Con el pez tuve que ir al agua. Con el colibrí tuve que ser estatua. Con el caracol tuve que ir despacio. Cada uno necesita algo distinto, Conejito. Cada uno.
Y entonces se acordó.
Se acordó de su mamá. Su mamá una vez, cuando Lila iba a empezar la escuela y estaba nerviosa por hacer amigos, le había dicho:
—Cuando uno hace un amigo nuevo, mi vida, a veces ayuda llevar algo. No tiene que ser caro. Un dibujo. Una piedrita bonita. Algo que diga te elegí.
—Conejito —susurró Lila, ya entendiendo—. Le falta un regalo.
Lila se agachó. Miró las florchispas que crecían entre las raíces de plata.
—Esta no —se decía bajito, eligiendo—. Esta tampoco. Esta es muy grande. Esta es muy chiquita. Esta...
Y vio una. La más linda de todas. Plateada con un solo pétalo dorado, distinta de todas las demás.
—Esta sí. Esta es la indicada.
Le rompió el tallito con muchísimo cuidado. Pidiendo permiso antes, en voz bajita, porque las cosas vivas se las pide uno con cuidado.
—Florchispa, perdón. Te voy a llevar conmigo nomás un ratito. Es para mi amigo nuevo. ¿Bueno?
La florchispa siguió respirando en la palma de su mano.
Lila se levantó. Estiró el brazo hacia el árbol donde estaba escondido el zorrito.
—Zorrito —dijo, en voz suavita—. Es para ti. Es un regalo.
El zorrito asomó la cabeza entera. Movió las orejas. Olió el aire.
Y entonces — Lila apenas se lo creía — salió.
Una pata. La otra. La colita esponjosa.
Caminó despacito hasta llegar a Lila. Le olió la mano. Le olió la florchispa. Le olió a Conejito (Conejito quedó muy serio durante la operación entera).
Después tomó la florchispa muy suavecito con los dientes.
Plop. Cuarto pétalo en otra florchispa, una que crecía al pie de Lila.
El zorrito masticó la florchispa con los ojos cerrados. Como si fuera caramelo de fiesta. Como si fuera lo más rico que había comido en su vida.
Y cuando abrió los ojos, dijo —
dijo, con voz de niño chiquito —
una sola palabra:
—Amiga.
—¡AY! —dijo Lila sin querer—. ¡Conejito, habló!
Se tapó la boca. Pero la risa se le escapó por entre los dedos.
—Habló. Conejito. Habló. ¡Es la primera criatura que me habla en español!
El zorrito esperaba con la cabecita ladeada, las orejas paradas. Lila se acordó de contestarle.
—Amiga —le dijo al zorrito. Con todo el corazón.
Plop. Quinto pétalo.
La florchispa entera quedó dorada-plata, y el zorrito de plata le dio a Lila su nombre verdadero.
Esta vez fue un sonido como una campanita chiquita, muy alegre, mezclado con la palabra juego.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo Lila, sonriendo tan grande que se le veían las muelas chiquitas.
El zorrito le dio una vuelta entera alrededor de las piernas. Le rozó la mano con la colita esponjosa. Y se metió otra vez entre los árboles.
Pero antes de irse — se dio la vuelta. Una sola vez.
Y le dijo:
—Hasta mañana.
—¡Hasta mañana, zorrito! —le contestó Lila.
Y Lila supo, sin pedirle a nadie permiso de saberlo, que el zorrito iba a ser amigo de ella siempre.
Cinco destellos en el farolito. El quinto era plateado con un brillito dorado adentro.
Lila se metió en la cama y antes de dormir susurró, en voz bajita, como una canción que se está aprendiendo:
—Ahora sé tu nombre verdadero. Ahora sé tu nombre verdadero. Ahora sé tu nombre verdadero. Ahora sé tu nombre verdadero. Ahora sé tu nombre verdadero.
Una vez por cada amigo.
—Conejito —susurró antes de cerrar los ojos—. Cinco. Cinco amigos verdaderos. ¿Tú sabes cuántos amigos verdaderos tiene casi toda la gente del mundo?
Conejito esperó.
—No tantos. Yo tengo más suerte que casi todo el mundo. Y nada más es martes.
Y Lila se durmió.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| un zorrito | a little fox |
| la plata | silver |
| un regalo | a gift |
| un amigo / una amiga | a friend |
| la colita esponjosa | the fluffy little tail |
| una orejita | a little ear |
| un juego | a game |
| hasta mañana | see you tomorrow |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
Tú sí puedes, Lila.
Lila miró a Conejito. Conejito la miró a Lila.
—¿Tú lo dijiste? —le preguntó Lila bajito.
Conejito no contestó. Pero los ojitos negros de hilo seguían firmes.
—Bueno —dijo Lila, respirando hondo—. Si tú lo dices.
Apretó a Conejito contra el pecho. Y caminó.
El puente era más largo de lo que parecía. Pero también era más firme. Lila pisó despacito al principio, después un poquito más segura, después casi confiada. No miró para abajo otra vez. Solamente miraba para adelante. Al otro lado.
Llegó.
—Conejito —susurró al llegar al otro extremo, exhalando todo lo que tenía adentro—. Lo hicimos.
Del otro lado había un jardín en el aire.
—Ay, no.
Lila se rio.
—Conejito. Lo flotante. Lo flotante también vuela.
Era una islita. Una islita chiquita, flotando en el aire, sin nada debajo, llena de florchispas grandes — grandes del tamaño de la cara de Lila — y de algunas plantas con hojas que se movían suavecitas aunque no hubiera viento.
Y en el centro de la islita, posada sobre la florchispa más grande de todas, había una mariposa.
Lila se quedó sin aire.
Las alas de la mariposa eran negras. Negras como tinta. Negras como noche sin estrellas. Pero cuando movía las alas — apenas, apenas, como respirar — dejaba en el aire, detrás de ella, trazos de color.
Un trazo dorado. Un trazo violeta. Un trazo verde-agua.
Los trazos quedaban flotando ahí. Como si la mariposa estuviera dibujando con un pincel invisible. Después, despacito, despacito, los trazos se iban borrando — no se caían, no se desvanecían rápido, sencillamente se iban, como las nubes se van.
—Conejito —susurró Lila, sentándose despacio—. Pinta el aire. La mariposa pinta el aire.
Se sentó al lado de la florchispa grande. Despacio, como con el caracol. Atentamente, como con el colibrí.
—Hola, mariposa —dijo.
Plop. Un pétalo.
—Hello, butterfly.
Plop. Segundo.
Lila se quedó callada.
Plop. Tercer pétalo.
La mariposa la miró con dos ojitos que también eran tinta.
Movió un ala. Un trazo rosa pálido apareció en el aire, justo entre las dos.
Lila lo miró con atención.
—Conejito, mira. Tiene forma. Es casi una sonrisa, esa que la mamá hace cuando uno le dice algo gracioso.
Lila miró sus propias manos. Las giró. Las miró otra vez.
—Yo no tengo alas, Conejito. Yo no puedo pintar el aire.
Frunció el ceño.
—Yo le quiero contestar a la mariposa. Pero yo no tengo cómo.
Y entonces — Lila se acordó.
Su mamá, una vez, cuando Lila había dicho una palabra muy linda y su mamá se había quedado mirándola, le había dicho:
—Tú también pintas el aire, mi vida. Con las palabras. Cuando dices algo bonito, el aire se queda con ese color un ratito.
Lila había pensado entonces que era una de esas cosas que las mamás dicen pero que no son verdad de verdad. Una metáfora.
Pero ahora, en Lumara —
—Conejito —susurró Lila—. Yo creo que mi mamá no estaba diciendo una metáfora. Yo creo que mi mamá sabía.
Lila se llenó el pecho. Y le dijo a la mariposa, en voz suavecita, despacio:
—Eres tan linda.
Las palabras quedaron en el aire un momento, y Lila — Lila las vio.
Eran un trazo color crema-de-leche, formando una pequeña espiral, igualito que un trazo de la mariposa pero hecho por ella.
Lila se quedó con los dos ojos abiertos enteros enteros.
—Conejito. Conejito. Mira lo que salió.
—¡Mira! —dijo, y un trazo nuevo, color azul cielo, salió de su boca.
—Te veo —dijo. Color verde-prado.
—Estoy aquí contigo —dijo, despacio, con cuidado. Color rosado del amanecer.
Plop. Cuarto pétalo.
—¡Conejito! ¡Yo pinto el aire! ¡Yo pinto el aire, Conejito!
La mariposa abrió las alas enteras. Y los dos — la mariposa con sus alas, Lila con sus palabras — pintaron juntos el aire del jardín flotante.
—Tú eres preciosa —decía Lila, y un trazo dorado.
—Tú vuelas suavito —decía Lila, y un trazo violeta.
—Yo te quiero —decía Lila, y un trazo rojo-fresa del corazón.
La mariposa pintaba al mismo tiempo. Una telaraña de colores. Una telaraña que respiraba.
Plop. Quinto pétalo.
La florchispa grande brilló entera, y la mariposa le dio a Lila su nombre verdadero.
Esta vez fue el sonido más raro de todos. Fue como un suspiro de seda — un suspiro chiquito, suave, contento — mezclado con la palabra aire.
Lila lo guardó. La mariposa, de despedida, le dejó un trazo color miel del farolito en el aire, justo encima de la cabeza de Lila, que se quedó ahí un ratito largo antes de irse.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo Lila.
La mariposa parpadeó con las alas dos veces. Sí. Sí.
Lila cruzó el puente otra vez. Esta vez no le dio miedo. Conejito apretado contra el pecho, las dos manos firmes en él, las dos pisadas firmes en el puente.
Cuando volvió a la cama, seis destellos vivían en el farolito. El sexto era multicolor — todos los trazos de la mariposa, juntos en un solo destello pequeñito.
—Conejito —susurró Lila en la oreja a Conejito—. Yo quiero probar algo.
Se asomó al farolito.
—Hola, lucecitas —dijo.
Los seis destellos, juntitos, pulsaron una vez.
Hola, Lila.
Lila se quedó sin habla. Y después se rio bajito, con la mano sobre la boca, para no despertar a su mamá.
—Conejito —susurró—. Me hablan. Me hablan los destellos.
Se durmió con el trazo color miel del farolito todavía flotando, suavecito, encima de la cama.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| una mariposa | a butterfly |
| un puente | a bridge |
| una grieta | a crack / a gap |
| un trazo | a stroke (of a brush) |
| un pincel | a paintbrush |
| una espiral | a spiral |
| un suspiro | a sigh |
| el aire | the air |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
Lila esperó.
La lechuza no se movía. La lechuza la miraba.
Lila esperó más.
Nada.
A Lila se le empezó a meter algo raro en el pecho. Una incomodidad. Unas ganas de hacer algo, lo que fuera. De decir otra cosa. De moverse. De aclararse la garganta. De llenar el silencio con cualquier cosa.
—Conejito —susurró tan bajito que casi no se oyó—. Esto es largo.
Conejito no contestó.
—Conejito, ¿nos vamos?
Conejito no contestó.
Lila lo miró. Conejito tenía la misma cara de siempre. Pero por una vez — por la primera vez en seis noches en Lumara — Lila tuvo la sensación de que Conejito estaba esperando que ella misma se diera cuenta de algo.
—¿Qué quieres que me dé cuenta? —le susurró Lila a Conejito.
Conejito esperó.
El silencio del bosque era largo. Más largo que el silencio del caracol. Más largo que cualquier silencio que Lila hubiera tenido en su vida entera.
Lila tuvo ganas de irse. Se le ocurrió que a lo mejor se había equivocado de criatura. Se le ocurrió que a lo mejor la lechuza no quería hablar con ella. Se le ocurrió rendirse y volver a la cama y probar mañana con alguien más fácil.
Y entonces — Lila se acordó.
Se acordó de su abuela.
Su abuela, en las tardes, cuando Lila se ponía triste y no sabía por qué, no le hablaba.
Solamente se sentaba a su lado en el sofá. Le agarraba la mano. Y se quedaba ahí. Mucho rato. Sin decir nada. Sin preguntar nada. Sin tratar de arreglarlo.
Y al rato — sin que nadie hubiera dicho una palabra — Lila se sentía mejor.
—Conejito —susurró Lila, ya despacio—. La abuela.
Conejito esperó.
—La abuela me enseñó esto. Sin enseñármelo. El silencio también es amor.
Lila no había sabido que sabía esa frase hasta que se la oyó decir.
—El silencio también es amor —se la repitió bajito, saboreándola, como quien aprende una palabra nueva.
Lila se sentó en una raíz del árbol grande. Se cruzó las piernas. Puso a Conejito en la falda. Y se quedó.
No esperando.
Acompañando.
La lechuza no se movió. Lila tampoco.
Pasó un rato. Pasó otro rato. Pasó el más largo de todos.
Y poco a poco, sin que Lila lo decidiera, su pecho se aflojó. Su respiración se hizo despacio. El bosque viejo dejó de darle un poquito de miedo. Empezó a parecerle, en cambio, una casa antigua donde uno había vivido sin acordarse.
Empezó a oír cosas que antes no había oído.
El crujido suave del árbol.
Una hojita cayendo, muy despacio, despacio. Tic.
Un grillo lejos.
La respiración propia, dentro de ella.
—Conejito —susurró Lila sin mover los labios—. Hay sonidos que solamente se oyen cuando uno no hace ninguno.
Plop. Tercer pétalo.
Lila se quedó.
Plop. Cuarto.
La lechuza por fin parpadeó. Despacito. Una sola vez. Como las que hacía Luna, la gata de la abuela, cuando la quería.
Lila parpadeó también. Igual de despacio.
—Hola, lechuza —dijo Lila. Sin sonido. Solamente con los ojos.
Plop. Quinto pétalo.
La florchispa diminuta entre las raíces brilló dorada. Y la lechuza le dio a Lila su nombre verdadero.
No fue un sonido alto. Fue un zumbido bajo, un mmmmmm muy hondo que Lila sintió en el pecho antes de oírlo en la oreja. Mezclado con la palabra quédate.
Lila lo guardó. Era un nombre que pesaba. Pero pesaba bien. Como pesa un cobertor en una noche fría.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo Lila. Tan bajito que solamente la lechuza la oyó.
La lechuza inclinó la cabeza enterita. Como una abuela hace cuando está orgullosa.
Y dijo, por fin, una palabra. Una sola.
—Quédate.
Lila se quedó otro ratito. No mucho. Lo suficiente para que la lechuza supiera que Lila había entendido lo que tenía que entender.
—Conejito —susurró antes de pararse—. Yo creo que esto es lo que más me ha gustado de Lumara hasta ahora. No hacer nada. Pero no nada-aburrido. Nada-juntos.
Después se paró. Le hizo a la lechuza una reverencia chiquita — porque le pareció lo correcto, como su abuela en la iglesia — y volvió por el camino con los seis destellos amigos siguiéndola.
En la cama, siete destellos flotaban junto al farolito. El séptimo era ámbar oscuro, como los ojos de la lechuza, y latía despacio, despacio, despacio.
—Buenas noches, amigas —les dijo Lila a las siete.
Los seis primeros pulsaron sus respuestas alegres. El séptimo no. El séptimo nomás latió. Despacio. Como un cobertor en una noche fría.
Lila apretó a Conejito.
—Conejito —susurró—. Hoy aprendí que mi abuela ya me había enseñado algo importante sin yo saberlo. ¿A ti tu abuela te enseñó cosas así?
Conejito esperó.
Y Lila se durmió respirando al mismo ritmo despacio-despacio de la lucecita ámbar.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| una lechuza | an owl |
| un bosque | a forest |
| una rama | a branch |
| una raíz | a root |
| el silencio | silence |
| quédate | stay |
| un cobertor | a blanket |
| una reverencia | a little bow |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
niebla suavecita,
—Conejito —susurró Lila—. La niebla me hace cosquillas en los tobillos. Mira. Mira.
Y al fondo de la pradera, recortado contra el cielo entero, estaba parado un ciervo.
Lila se detuvo.
El ciervo era grande.
Más grande que su abuela. Más grande que el papá de Rita, su amiga de la escuela. El pelaje le brillaba color avellana. Y los cuernos — los cuernos — eran enormes, ramificados como un árbol al revés.
Y cada punta del cuerno tenía una velita encendida.
Velitas chiquititas. Cera color miel. Llamitas color farolito de la abuela.
El ciervo no la había visto todavía. Estaba con la cabeza un poco baja, oliendo el pasto.
Lila apretó a Conejito muy fuerte contra el pecho.
—Conejito —susurró—. Este sí es grande.
Conejito le contestó, en la cabeza de Lila, despacito:
Tú también, ya.
Lila se quedó un momento con eso adentro. Tú también, ya. Era verdad. Lila no era la misma niña que había abierto la ventana la primera noche. Ya había hablado con un pez. Ya había cantado colores. Ya había pintado el aire con palabras.
—Bueno —susurró Lila—. Vamos.
Caminó despacito. La niebla plateada le jugaba en los tobillos. Las florchispas altas la miraban pasar.
A diez pasos del ciervo se detuvo. Diez le pareció una buena distancia.
Y se arrodilló.
No supo por qué se arrodilló. Le salió. Como su abuela en la iglesia, que se arrodillaba un instante antes de sentarse, no porque alguien la obligara, sino porque adentro algo le decía aquí hay algo grande.
Aquí había algo grande.
El ciervo levantó la cabeza.
Las doce velitas se balancearon suavecito.
La miró.
Sus ojos eran negros. No vacíos — hondos. Hondos como un pozo donde duerme el agua.
—Hola, ciervo —dijo Lila. Lo dijo desde adentro, porque no le salía mucha voz.
Plop. Una florchispa alta encendió un pétalo.
—Hello, deer.
Plop. Segundo.
Lila se quedó muy quieta. Pero no fue una quietud asustada. Fue la quietud que ella había aprendido con la lechuza: la quietud que acompaña.
Plop. Tercer pétalo.
El ciervo se acercó.
Diez pasos del ciervo eran diez pasos chiquitos para él. Llegó a la altura de Lila en tres pasos. Lo grande que era Lila apenas lo entendió cuando estuvo cerca: su cabeza arrodillada llegaba a la barbilla del ciervo. Los cuernos se levantaban encima de ella como las ramas de un árbol viejo, con sus doce velitas latiendo bajito.
El ciervo bajó la cabeza.
Y entonces hizo algo que Lila no se esperaba.
Sopló.
Muy suavito, muy con cuidado, sobre una velita de su cuerno. La velita parpadeó. Y de la velita, un instante después, cayó una llamita.
No cayó al suelo. Flotó. Como los destellos del farolito.
La llamita flotó despacio, despacio, hasta detenerse delante de la cara de Lila.
—Para ti —dijo el ciervo.
Y su voz fue como la voz del viento cuando pasa por una catedral muy grande. Lentita. Llena de espacio.
Plop. Cuarto pétalo.
—Ay —susurró Lila. Levantó las dos manos. Tomó la llamita.
—Conejito —susurró—. No quema. Es tibia. Tibia como pan recién hecho.
La sostuvo cerca del pecho.
—Gracias, ciervo —dijo. Lo dijo con todo lo que tenía adentro.
Plop. Quinto pétalo.
La florchispa alta brilló dorada entera, y el ciervo le dio a Lila su nombre verdadero.
Esta vez el nombre fue una palabra honda, dicha en dos respiraciones del ciervo, mezclada con la palabra abuelo.
Lila se quedó sin habla un momento.
Y se le pusieron lágrimas en los ojos. Sin pedirle permiso.
—Conejito —susurró sin moverse, sintiendo las lágrimas calentitas en las mejillas—. Este ciervo... este ciervo me siente como un abuelo. Y no lo conozco. No lo conozco de nada. Pero me siente como si me hubiera estado esperando.
—Ahora sé tu nombre verdadero —dijo Lila al ciervo. La voz le tembló un poquito.
El ciervo inclinó la cabeza enterita. Las once velitas (ahora once, porque una ya estaba en las manos de Lila) bajaron con él.
Como una bendición.
Y se dio la vuelta. Y caminó hacia el otro extremo de la pradera altísima, despacio, despacio, hasta volverse parte del cielo.
—Hasta mañana, ciervo —susurró Lila.
Cuando Lila volvió a la cama, la llamita-velita seguía en sus manos. No se había caído. No se había apagado. No quemaba.
La puso en el farolito, al lado de la llamita color miel.
Ahora había dos llamas en el farolito. Las dos juntitas, como dos amigas.
—Conejito —susurró Lila, asomándose con cuidado—. Las dos llamas. Mira. Como dos hermanitas.
Y alrededor, ocho destellos amigos dando vueltas suavecitas. Como si bailaran.
—Buenas noches a todos —les dijo Lila.
Las ocho pulsaron sus respuestas. Las dos llamitas se inclinaron una hacia la otra.
Lila se metió en la cama. Apretó a Conejito muy fuerte. Pensó en su abuelo, el que ella no había conocido nunca, el papá de su mamá. Pensó en todos los abuelos del mundo que cargan velitas en la cabeza aunque uno no las vea.
—Conejito —susurró antes de dormirse—. Hoy aprendí que algunos abuelos viven en los ciervos.
Conejito no le dijo no.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| un ciervo | a deer |
| un cuerno | an antler |
| una velita | a little candle |
| una llamita | a little flame |
| una niebla | a mist |
| un abuelo | a grandpa |
| una bendición | a blessing |
| hondo | deep |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
—Conejito —susurró Lila para Conejito—. Su risa es como el pez.
Lila se acercó. Despacio, porque las niñas que esperan nueve noches a una se merecen acercamiento con cuidado.
—Yo soy Lila —dijo. Lo dijo despacito, porque en Lumara era la primera vez que hacía falta presentarse. Las luciérnagas, los peces, los caracoles no preguntaban nombres. Las niñas sí.
—Yo soy Aurelia —dijo la niña. Y dio una palmadita al suelo a su lado—. Sentate.
Lila se sentó. Las dos florchispas grandes — la que vivía en la trenza de Aurelia y la más cercana a la rodilla de Lila — se inclinaron una hacia la otra apenas, como dos vecinas saludándose por encima de la cerca.
—Aurelia —probó Lila la palabra—. Au-re-lia. Qué nombre más bonito.
—Lila —contestó Aurelia, probándolo también—. Li-la. Como una flor.
—Como una flor —dijo Lila, y se sonrojó un poquito sin saber por qué.
Lila miró a Aurelia. Aurelia tenía los ojos color avellana, como los de su mamá. Tenía pecas en la nariz. Tenía un dedo manchado de polvo plateado.
—¿Tú vives aquí? —preguntó Lila.
—Yo vivo de aquí —dijo Aurelia—. Es distinto. Mi mamá es del valle. Mi papá también. Yo siempre fui de Lumara.
Lila pensó eso un momento. Tener un valle como casa. Tener florchispas en lugar de macetas.
—Conejito —susurró—. Aurelia es de aquí.
Conejito se quedó impresionadísimo.
—¿Y a ti te dejan venir a verme? —preguntó Lila.
—No me dejan. Es que tampoco me lo prohíben. Yo veo a las que vienen.
—¿Ha venido más gente?
—Algunas. Pero no muchas. Y no como tú.
—¿Y a mí?
Aurelia se quedó callada un ratito. Después dijo, mirando a Lila a los ojos:
—Yo te he visto todas las noches, Lila. Yo te seguí desde lejos. La luciérnaga. El pez. El colibrí. El caracol. El zorrito. La mariposa. La lechuza. El ciervo. Yo estaba ahí — escondida, pero estaba.
—¿Por qué no me hablaste antes?
—Porque no me tocaba. Cada criatura te enseña una cosa. Y yo te tengo que enseñar la cosa de hoy. Pero solamente hoy. No antes.
—¿Y qué me toca aprender hoy? —preguntó Lila, con un poquito de timidez.
Aurelia se sonrió. Era una sonrisa antigua. Una sonrisa que sabía algo.
—Que te saluden a ti.
Aurelia se enderezó.
Lila se enderezó también, sin querer.
—Hola, Lila —dijo Aurelia. Lo dijo despacio, mirando a Lila a los ojos.
Plop. Lila lo notó enseguida: una florchispa cercana encendió un pétalo. Pero no era la florchispa de Lila. Era la florchispa que crecía al lado de Aurelia.
—Hello, Lila —dijo Aurelia. Y se rio un poquito al decirlo, porque su inglés tenía un acento gracioso.
Plop. Segundo pétalo en la florchispa de Aurelia.
Aurelia se quedó callada. Mirando a Lila. Sin apurarse.
Plop. Tercer pétalo.
Y Lila entendió que esta vez era distinta. Esta vez no era ella saludando a una criatura. Esta vez las dos se saludaban a la vez. Y por eso las dos florchispas — la de Lila y la de Aurelia — estaban brillando juntas, mirándose, latiendo al mismo ritmo.
Lila se enderezó también.
—Hola, Aurelia —dijo.
Plop. Cuarto pétalo, esta vez en la florchispa de Lila.
—Hello, Aurelia.
Plop. Quinto pétalo.
—Te veo —dijo Lila. Y se acordó, mientras lo decía, del trazo color verde-prado que le había salido de la boca con la mariposa. Le dio una risita chiquita.
—Yo también te veo —dijo Aurelia.
Plop. Las dos florchispas brillaron doradas enteras al mismo tiempo.
Aurelia y Lila se dieron las dos manos.
Las cuatro manos juntas en el aire del claro.
Y se dieron, al mismo tiempo, sus nombres verdaderos.
El de Aurelia fue como el sonido de una trenza siendo deshecha por dedos suaves, mezclado con la palabra hermana.
Y entonces — y esto fue lo más raro y lo más maravilloso de las nueve noches juntas — Aurelia le devolvió a Lila su propio nombre verdadero.
Lila no había sabido que tenía uno.
Pero supo enseguida, en el segundo en que lo oyó, que era el suyo. Que siempre había sido el suyo. Que se llamaba así en el lugar adonde uno se llama de verdad.
Fue como el sonido que hace una llama de farolito cuando se prende muy despacio. Mezclado con la palabra guardiana.
Lila se quedó sin palabras un rato.
Las lágrimas se le pusieron en los ojos sin pedir permiso. No eran lágrimas tristes. Eran lágrimas de por fin.
—Conejito —susurró sin moverse, las lágrimas calentitas en las mejillas—. Yo tenía un nombre verdadero. Yo todo el tiempo lo tuve.
Aurelia le apretó las dos manos. Sin decir nada. Como hacía la abuela.
—Ahora sabemos nuestros nombres verdaderos —dijo Aurelia finalmente, sonriendo con los ojos un poquito húmedos también.
—Ahora sabemos —dijo Lila.
Las dos lo dijeron juntas, sin haberlo planeado.
Aurelia le agarró la mano más fuerte.
—Mañana es la última noche —dijo—. Es la más importante. Tenemos que ir juntas.
—¿A dónde?
—Al árbol —dijo Aurelia. Y miró hacia algún lugar muy lejos, más lejos que la pradera del ciervo, más lejos que la grieta del cielo—. Al árbol que tiene todos los nombres.
—¿Todos los nombres de qué?
—De todas las criaturas de Lumara. De todas las niñas que vinieron. De toda la gente que aprendió a saludar.
—¿Tu nombre también?
—Sí. El mío también.
—¿Y el mío va a estar?
Aurelia la miró. Sonrió.
—Mañana se decide.
Lila respiró hondo.
—Voy contigo —dijo.
Aurelia le dio un beso en la mejilla, muy rápido y muy suavecito, como un beso de hermana.
—Hasta mañana, Lila.
—Hasta mañana, Aurelia.
Cuando Lila volvió a su cama, nueve destellos vivían en el farolito.
Pero esta vez había algo distinto. El noveno destello no estaba solo. Estaba acompañado, muy cerca, de uno extra. Más chiquito. Plateado. Latiendo al mismo ritmo del noveno.
—Conejito —susurró Lila, asomándose—. El noveno es Aurelia. Y la chiquita es... es la florchispa de la trenza de Aurelia. Es la amiga de la amiga. Las dos juntitas.
Lila se metió en la cama.
—Conejito —susurró—. Hoy tuve un día muy importante. Aprendí dos cosas. La primera es que yo tengo un nombre verdadero. La segunda es que tengo una hermana de Lumara.
Apretó a Conejito muy fuerte.
—Conejito... esto no se le cuenta a nadie. Ni a mamá. Ni a abuela. Es nuestro. Bueno. De nosotros tres. Tú, yo y Aurelia.
Conejito guardaría el secreto.
Lila se durmió con una sonrisa que su abuela, al día siguiente desde la puerta, le iba a ver sin decirle nada.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| una niña | a girl |
| un claro | a clearing |
| una trenza | a braid |
| una hermana | a sister |
| una guardiana | a guardian (a girl who protects) |
| una vecina | a (female) neighbor |
| descalza | barefoot |
| te veo | I see you |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
corazón.
Lila no pudo decir nada. Solamente le sopló un besito.
Por el bosque viejo. La lechuza estaba en su rama. Las miró pasar a las dos. Inclinó la cabeza enterita.
—Quédate —dijo, casi sin sonido—. Aunque te vayas, quédate.
—Quédate —contestó Lila, también sin sonido.
Por la pradera altísima del ciervo. El ciervo estaba lejos, pero las vio. Tenía once velitas ahora. La doceava estaba en el farolito de Lila, en su casa.
—Hasta mañana, abuelo —le susurró Lila al ciervo desde lejos.
El ciervo inclinó la cabeza enterita, despacio, lleno de espacio.
Aurelia caminaba con paso seguro. Lila la seguía. Subían cada vez más.
—Aurelia —dijo Lila al rato—. ¿Tú haces esto todas las noches?
—Yo lo hago todas las noches —contestó Aurelia—. Pero solamente esta noche con alguien.
Lila le apretó la mano.
Y entonces el camino se acabó.
Y delante de las dos — debajo de un cielo que tenía todas las estrellas que el universo había hecho — apareció el árbol.
Lila se quedó parada con la boca abierta.
—Ay.
—Ay —le contestó Aurelia, contenta.
Era un árbol enorme.
Más grande que un edificio. Más grande que un cerro. La corteza era color luz-de-farolito. Las ramas se abrían en todas las direcciones, miles de ramas, miles. Y en cada rama, en lugar de hojas, había florchispas.
Miles. Millones. Todas las florchispas de todas las criaturas de Lumara, juntas, en un solo árbol.
Cada una latía, despacito, con su propio brillo.
—Mira —susurró Lila—. Mira, mira, mira. Aurelia, mira aquella dorada. Es como la de la luciérnaga.
—Es la de la luciérnaga.
—Y aquella blanca-azul.
—El pez.
—Y aquella multicolor.
—El colibrí.
—Y aquella ámbar.
—La lechuza.
—Y aquella con una llamita adentro.
—El ciervo.
Lila se quedó callada. Aurelia también.
Estaban todas. Todas las que Lila había despertado esa semana — y miles que ella no conocía, de otras niñas, de otros tiempos, de criaturas que nadie había nombrado todavía.
Era el árbol de los nombres.
Lila no pudo hablar un rato largo. Aurelia tampoco.
Se quedaron juntas, agarradas de la mano, mirando.
Al rato — Lila no supo cuánto, en Lumara nunca sabía cuánto — el árbol les habló.
No con voz. Con todas sus florchispas latiendo al mismo tiempo, todas brillando en un mismo ritmo, durante un instante chiquitito. Era la forma de hablar del árbol. Y Lila la entendió sin saber por qué la entendía.
El árbol les dijo: vengan.
Aurelia y Lila se acercaron. Aurelia, que conocía esto, se hizo a un lado. Y le dejó el frente a Lila.
—Es tu turno —le dijo a Lila—. Yo ya le di el mío hace tiempo.
—¿Mi turno de qué?
—De darle tu nombre.
Lila se quedó pensando. Y entonces se acordó de algo. Algo que el ciervo le había dicho sin decírselo. Algo que la lechuza le había enseñado callada. Algo que su abuela hacía cada vez que prendía una vela en la iglesia, aunque Lila nunca le hubiera preguntado por qué.
Cuando uno recibe algo grande, hay que dar algo también.
Lila había recibido nueve nombres verdaderos. Era el momento de devolver uno.
—Conejito —susurró Lila al peluche en sus brazos—. Yo voy.
Conejito esperó.
—Pero tú vienes conmigo, ¿bueno?
Conejito vino.
Se acercó al árbol. Puso la mano chiquita contra la corteza. La corteza estaba tibia.
Tibia como las manos de su abuela.
—Mi nombre es Lila —dijo. Con la voz limpia y firme.
Plop. Una florchispa pequeñita en una de las ramas más bajas se encendió un pétalo.
Plop. Otro.
Plop. Plop. Plop.
Los cinco pétalos.
Y entonces — y esto fue lo más maravilloso de la semana entera, de la vida entera de Lila — el árbol creció una florchispa nueva.
Crecía despacito, una flor entre las miles, dorada con un brillito violeta en el corazón. Brotaba justo donde Lila había puesto la mano. Cuando terminó de abrirse — tres respiraciones, no más — el árbol entero pulsó una vez en bienvenida.
Aurelia sonreía con los ojos llenos de algo bonito.
—Tu nombre vive en el árbol ahora, Lila —le dijo—. Para siempre.
Lila no encontró palabras un rato largo.
Después tocó la florchispa nueva con un dedo, con muchísimo cuidado.
—Gracias, árbol —dijo.
Y el árbol le contestó.
No con una palabra. Con todos los nombres a la vez.
Todos los nombres verdaderos de todas las criaturas, suyos y de otras, sonando juntos en un solo acorde — el sonido del fósforo prendiéndose y el agua sobre piedritas y la nota rosada del colibrí y la hojita girando del caracol y el campanazo del zorrito y el suspiro de seda de la mariposa y el mmmmm de la lechuza y la palabra honda del ciervo y la trenza deshecha de Aurelia y la llamita color farolito de Lila misma — todo en una sola respiración del árbol.
Era el nombre verdadero del árbol.
Era el nombre verdadero de Lumara.
Lila lo guardó en el pecho. Sintió que esta vez no le entraba todo. Una parte se le quedó afuera, flotando, demasiado grande.
Pero estaba bien.
—Conejito —susurró—. Algunos nombres son más grandes que un solo pecho de niña. Por eso uno tiene que volver a visitarlos.
—Ahora sé tu nombre verdadero —susurró Lila al árbol.
El árbol pulsó. Sí. Y yo el tuyo. Para siempre.
Aurelia la abrazó.
La abrazó fuerte. Mucho rato.
—Te tienes que ir —le dijo, sin soltarla—. Pero vas a volver. Cada vez que prendas el farolito. Cada vez que saludes a algo con cuidado. Cada vez que te quedes callada para escuchar. Vas a volver.
—¿Y tú?
—Yo estoy aquí. Yo siempre estoy aquí. Cuando vengas, búscame en el claro. Voy a estar dibujando en el polvo.
Se dieron las dos manos. Las dos florchispas — la de cada una — se inclinaron una hacia la otra, latiendo juntas.
—Hasta mañana, Aurelia.
—Hasta mañana, Lila.
—Hasta mañana, hermana.
—Hasta mañana, hermana.
Lila volvió por la puerta de luz de luna.
Se metió en la cama. Apretó a Conejito muy fuerte. Y se durmió antes de poder mirar el farolito.
Pero si hubiera mirado, habría visto:
Once destellos bailando alrededor de las dos llamitas. Más uno pequeñito nuevo, dorado con violeta en el corazón — su propio nombre verdadero, guardado al lado de los demás.
Y en el aire, encima del farolito, un brillito casi invisible. La forma chiquita, lejana, de un árbol enorme.
Lumara, respirando.
En la mañana, su abuela entró al cuarto con un café con leche tibio.
—Buenos días, mi vida.
—Buenos días, abuela.
Su abuela se sentó en el borde de la cama. Le acarició el pelo. Le dio el café con leche en las dos manos, como se le da a alguien que recién se está despertando del todo.
Y, antes de levantarse, miró un momento el farolito apagado en la repisa.
—Mi vida —dijo—. Anoche soñé.
—¿Qué soñaste, abuela?
La abuela la miró. Despacio. Con esa mirada que tienen las abuelas cuando saben algo y están eligiendo cómo decírtelo.
—Soñé que tú andabas por un valle.
Lila la miró. Su abuela la miró.
Y las dos sonrieron despacio, sin decirse nada más. Como una abuela y una nieta que saben las dos un secreto.
Sí, abuela. Sí.
—¿Era bonito el valle? —preguntó la abuela.
—Era muy bonito, abuela —dijo Lila, despacito—. Tenía florchispas.
—Florchispas —repitió la abuela, saboreando la palabra—. Qué nombre más lindo.
—Sí, ¿verdad?
La abuela le dio un beso en la frente. Se levantó. Se quedó parada un momento en la puerta.
—Mi vida —dijo, sin darse vuelta—. Cuando vuelvas, dale saludos al ciervo de mi parte.
Lila se quedó con el café con leche en las dos manos, sin poder hablar.
La abuela se fue.
Afuera, el cielo se ponía rosado.
Lila se levantó. Y el día empezó como empiezan todos los días — con un café con leche, con un beso, con un te quiero, abuela — pero un poquito más despacio. Un poquito más despierto.
Como si Lila, después de diez noches en Lumara, hubiera aprendido por fin a vivir el día también con los ojos abiertos enteros enteros.
Palabras que aprendí hoy
| Español | English |
|---|---|
| un árbol | a tree |
| la corteza | the bark |
| una hoja | a leaf |
| un acorde | a chord (musical) |
| un sueño | a dream |
| para siempre | forever |
| un secreto | a secret |
| te quiero | I love you |
Ahora sé tu nombre verdadero. — Now I know your true name.
Nota para Ana
Este libro está escrito para que se lo leas a tu sobrinita, una noche por capítulo, diez noches seguidas. Cada capítulo dura entre diez y doce minutos en voz alta. Es exactamente el tiempo que dura el camino desde estoy despierta hasta me dormí.
Cómo leerlo en voz alta. No hace falta apurarse. Lumara es despacio. Cuando Lila habla, ponle voz de niña — no de adulta haciendo de niña, sino de niña-de-verdad: a veces susurra, a veces se ríe a media palabra, a veces casi grita de la sorpresa. Si tu sobrinita pregunta algo en medio del cuento — ¿la luciérnaga tiene mamá?, ¿el árbol llora?, ¿yo también puedo ir? — la respuesta es siempre sí. Sí, mi vida. Tú también puedes ir.
Conejito. El peluche de Lila se llama Conejito. Conejito no habla — pero Lila le habla todo el tiempo, igual que tu sobrinita seguramente le habla a su propio peluche. Cuando leas las partes donde Lila le susurra a Conejito, baja la voz como si fueras tú susurrándole a alguien que solamente vive en tu falda. A tu sobrinita le va a parecer que tú también tienes un Conejito.
El inglés. Las palabritas en inglés (firefly, fish, hummingbird) están ahí para que entren suavecitas, no para que se aprendan de memoria. Si tu sobrinita las repite, qué lindo. Si no, qué lindo también. Los idiomas son como las florchispas: se despiertan cuando uno los saluda con cariño, no cuando uno los obliga.
El estribillo.Ahora sé tu nombre verdadero aparece al final de cada capítulo. Hacia el capítulo cinco o seis, tu sobrinita lo va a poder decir contigo. Esa es la primera vez que va a ser, no solamente tu lectora, sino la lectora del libro. Es un momento mágico. Déjalo pasar despacio.
La flor. Las florchispas no existen como flores reales. Pero existen como idea. Si en algún momento, en un paseo, ven una flor chiquita — plateada, dorada, cualquiera que las haga acordarse de Lila — paren un momento. Salúdenla en español. En inglés. Y después, calladitas, vean qué pasa.
El farolito. Si tienes a mano un farolito o una velita en la mesita de noche, préndelo mientras lees el primer capítulo. Apágalo cuando termines el último. Tu sobrinita va a entender, sin que se lo expliques, lo que significa una llama.
El secreto del libro. Lumara no es un lugar. Lumara es una manera de mirar. Cuando tu sobrinita aprenda a quedarse quieta delante de una mariquita en el jardín, a saludar a la luna por su nombre, a darle un regalo a una piedrita bonita — ya está en Lumara. Tú la llevaste ahí.
Te quiero. Y la quiero a ella también, aunque no la conozca todavía.